3/13/2006

OSWALDO CALISTO RIVERA “CACHIVACHE”

(Quito, 1979-2000) Estudió comunicación y artes. Rojo encanto de la marmota fue su primer y único libro de poesía.


Revolver del friso, del mentón granulado y desnudo, desde una tibia
colina de cemento azur, adiós. Sonríe sobreviviente de octubre, uvas
y lises orondas, ondulada con ojos de matriz amarilla, el extraño
dormitorio encelulado, nuestro corazón imantado en compases con
profética caspa genital. Mamarias eléctricas; interesadas en viajar
cayendo, nos abrazaron con su legión de resinas, -háblame como
un tierno asesino-, en la mitad del anciano cerebro, que se levanta
sobre una oración luminosa, bajo lentas orquídeas cromadas y caravanas
blancas, pérfidos payasos.
Feroces en la lejanía de una nueva noche.
Corpúsculo del huésped malteado.
Pargo.
Lince caricias.
Lince quilos de muerte en manos refletadas.
Un perímetro de devoción. Corderos mulatos, orad en la fobia olvidada de
secretaria. Apúntanos en cada huella de sequedad.
El animal no estaba vivo. Encuestado posteriormente a un ofrendor
Escaleras
sangre
excavaciones





Vuestro espía acordona un veneno de espigada claridad
Y el gafete de cándido murmullo apareja al reinado
Pelirrójese, he aquí la victoria de tilos en vuelo
¿habéis preferido el álbum al farallón empotrado?
ya os comenta el bravo relente que en lo alto mece al
afrecho
pues excelencias, a bien comprobar pueden
los arcanos de una inmensa gloria
si, aquí vuestro caudillo hinca la mollera.




El sagrado jabalí amaba al sucesor del terciopelo
a la ternura climática ensabiada a sorbos de ángel, angosto
sicario de plata.
Sobreviviente de víbora ocre
corcé del ácido, del brillo de la muerte de lunes
plácido cabo del horno verdusco
cribando frescas garras gelatinosas.
Ventanas perforadas por los ojos enterrados.
Arsedo albático.
El jinete eleva su follaje de amaranto
y engarza cojinetes mecidos en la ráfaga verde
ha caído desde sus depresiones nasales, aruñado, resbalando hacia la mancha solar
invadido en la edicta arboladura, en la palma de los cuerpos atosinados
un suspiro de la tetera de paja.
Sobreviviente.
Hongo.
Musaraña.
Anillo afilado en el valle de la corveta.
Daga.
La butaca se inflama como un corazón envenenado.
Detrás, la coda afortunada la llamó la hija morena de tamizal; y el que se
refrescó de miradas magnánimas cuando el niño lobezno se tuerce en
alas de polen, en los besos de abuelo rubio, que buscaba el enfermo
abedul para amasarlo con su húmeda barba, como la sangre que es una
con la flecha en el corazón del venado, y el cielo de los animales perezosos.
Leda oh espía cercada en la llanura del profeta
cuando tu alma empiece a elevarse
coronando al orador ligero y cirrótico.