3/12/2006

FABIÁN DARÍO MOSQUERA

Golfo del Urabá, Caribe colombiano, 1984), Reside en Guayaquil desde los tres años de edad. Ejerce la cátedra de Literatura en un importante colegio de su ciudad y prepara su primer libro.




NOCTURNO
Nada nos pertenece en este juego donde quedan nadando
en la superficie todas las palabras de amor y de fortuna.
Sólo una noche, el espacio entre un sol y otro,
nos trae ese fajo de leña verde,
donde cantan con luz de resina una muerte
inevitable con su cortejo de palomas mutiladas.
Félix Pita Rodríguez, La noche de Young.
La sombra, como un músculo, arrastra el cadáver de los lapidados, mientras la sangre fermenta el paladar de las piedras. Pero aquello es tan sólo un indicio. Una rodaja del inmensurable fruto que la muerte almacena en las alforjas de la noche, porque esta es la hora en que todo nutre su voluptuosa presencia. La palabra, corteza en el árbol del humo. El silencio como un cardumen de roedores. Incluso la cabaña de pieles, que sembramos en las altas latitudes del insomnio. Sí, esta es la hora en que tirita la sorda violencia de la muerte, y el suicidio es una hembra con pestañas como fauces, abriendo la boca mientras se masturba.

Gimiendo como un bosque, aunque sus ojos sean fogatas marchitas.




TÁLAMO

Cae de tu boca un alfabeto de jaguares, y vuelvo a la peregrinación de substancias elegidas. Vuelve a desprenderse de la carne la mineral palabra que preserva el tímpano de los instintos, vegetación de sílabas, capaz de lastimar el regazo de la noche como una cosecha de guadañas o mástiles. A lo lejos se perciben los vestigios de un sol fragmentado, con sus láminas de fuego diluyéndose en la boca del crepúsculo, mientras tu presencia reverbera sobre el tiempo como la acústica huella de la hoja, en el cadalso de un río que duerme. He allí el instante de la absolución, porque sumergido en la marejada de piedras, crecí cortando un clima de ciénagas de hielo. Mantuve mi presencia como un tótem, cuando tu voz sembraba de pájaros la lluvia y enarbolaba el canto de las alamedas. Por eso, hoy, aunque la sospecha pretenda reanudar su liturgia de tambores, gastado el diluvio los pájaros han labrado las entrañas de un sol justo, y en el juicio de tus manos germina un bohío para la siesta de todas mis infancias.




DESPIERTA LA DANZA DE LA LUNA ROJA

I

El sueño sería la casa de papiro. Un dios de sangres vegetales aguardaba entre los tallos como un lince, con el anhelo que despierta el nervio de aquellas linternas hambrientas. Una imagen luminosa lo ha invitado de repente a caer despacio, es ahora el dromedario que rubrica las rodillas en ceniza de soles imperiales. Observa, y comprende a los mendigos trovadores que llamaban castillo al desvarío. Comprende la rosa de sudor sobre las armaduras. Ha visto la siesta de los mármoles livianos, dos pechos que respiran, igual que codornices recogidas sobre un nido que fuese posible sobre el agua que flamea. El sueño sería la casa de bambú, la fronda que se inclina buscando los talones calientes del ocaso, la gasa hidratada de sombra que los robles confieren a la piedra. Ha visto sobre el vientre la palestra en la que se descuelga la pulpa del alba, y el sueño se vuelve casa blandida en las orillas, con el amplio cartílago del ancestral cetáceo.

Qué vibración acuosa de callados elementos permite el origen de otro dios en el cuerpo del dios.

Qué ambrosía se vuelca en los íntimos teatros, si despierta aquella luna, diminuta y eréctil entre pérgolas de piel rosácea.

Cómo saber si estalla lento el despertar, o si alguien se sumerge en el légamo sutil de sueños demasiado semejantes a barcazas ebrias de candela.

De cualquier forma los cuerpos, excelsas herramientas, se han dejado mutuamente persuadir, como el despierto forastero que contempla las bujías en la yema de la noche, y presiente sábanas de piel y asilo de leños saludables. Luna roja, deja que dure lo que ahora canta, hasta que el alba poco a poco se desprenda en rodajas de palmito, o vuelva a ser ese murciélago blanco que los niños ataron como un papalote (si es que no se incendia, por supuesto, como un fantasma de fervor en la palestra, y suelta pequeños martillos de luz repitiendo la percusión delgada que nace en el cerebro de los pianos). Inaugura el hormigueo, luna roja, en ese gesto quebrantable que recluye un continente: rebaño de algas en la pupila del albatros; ligero cabalgar de arquitecturas y de climas en la voz del trashumante. Cada movimiento está decretado desde la simiente de todas las simientes, y tiene sus raíces ceñidas al cuerpo enterrado de un profeta.

Afuera una ciudad respira en esta hora de silencio como un péndulo de polvo, con sus hombres exhaustos y maltrechos, de manos sobre las rodillas y la nuca firme bajo un puñal de agua. Aquí, un cíclope vuelve a la noche buscando la semilla de los temporales. Aquí engendraremos, con el ocio sagrado de la mente en llamas, nuestra selva de luces.