3/10/2006

EULALIA RODRÍGUEZ

(Ambato, 1980) Es parte del grupo de literatura de la Universidad de Cuenca.



HELENA

para Javier Moncayo, el grito de la borrasca



"Príamo en voz alta llamó a Helena:
"Ven aquí, amada hija, (...)
no eres pues para mí culpable,
culpables son los dioses,
que esta guerra de aqueos lacrimosa
contra mí han impulsado""

HOMERO

Iliada.


"Arráncame el paño
oh enemigo mío
¿Soy terrible?"

SILVIA PLATH
Señora Lázaro




Yo, que no reconozco otra llamada que la de tu sangre,
deambulo errante por los pasillos de una ciudad encadenada, desnuda, alterada,
bebiendo otros nombres, otras sales.

Buscándote.

exhibiendo por epitafio esta belleza que no es mía,
que está en venta apostada al bolsillo de la suerte.

Sola.

un paso más allá de esta lluvia de noches ¿ aún duerme mi sombra bajo el fatigante desequilibrio de tu piel?

un paso más acá de esta lluvia de noches ¿reconocerás mis manos, si me ves, al ritmo del paso triunfal que ha destinado para ti el oráculo de la tarde?




ITACA

rupturas y poesía a Ernesto Carrión.

Extraño navegante de suburbios y noches.


la palabra ha mudado de rostro
como de piedra los cimientos de nuestro Imperio
En este sitio, donde no es posible ya empezar de nuevo,
no se tejen cantos épicos
ni se tributa veneración al vacío multitudinario de ídolos rupestres.

Y con el polvo de estos años,
usuarios de códigos arcaicos. Regresan.
Ya no tan bellos, no tan fuertes nuestros hombres,
ya no ellos.

Y nosotras,
marcadas por la costumbre
de sombrear placer al cansancio de nuestros hombres
de cargar canastas y esconder para ellos
nuestras partes blandas bajo polleras ásperas
de guardar fidelidad a la violencia de un único cuerpo
despertamos sin pudor
y sin pudor saciamos la curiosidad de nuevas fatigas.

Y yo,
esta vez más sensible al hervor de otra sangre
espero a mi hombre
de una empresa que abortó el regreso
mirando hacia afuera a quien al caer la noche heredará, con su tienda, mi sexo

Hay otra guerra, sobre la que no salta el sol,
que libera silenciosa la angustia de un luto que amanece.
Y no me río, aunque sola,
porque cuantos han pasado por mi cuerpo
no le arrancaron más que rendimiento estéril,
cuando las antorchas vocean la sentencia
aún siento, sin tenerla, tu lengua vívida entre mis muslos.